La escuela al campo

14 mayo, 2012


Ya en la secundaria básica los muchachos no tienen que ir a la escuela al campo. Cuando reciben el diploma de graduados en noveno grado tienen la sensación de que se han perdido algo importante y solo les queda el consuelo de escuchar las historias de los herman@s mayores, que han tenido el placer de sembrar un árbol o pueden bañarse con agua fría sin coger catarro por que ellos i fueron a la escuela al campo.

El proyecto pretendía acercar a las jóvenes generaciones al trabajo agrícola, sin embargo cada año son menos los estudiantes que optan por carreras agropecuarias, por lo que fue perdiendo en periodicidad hasta que prácticamente desapareció.

Yo tengo recuerdos muy agradables de aquella etapa. Para quienes nacimos y nos criamos en las zonas urbanas, resultaba maravilloso finalmente comprobar que el pollo no se daba de una planta y que el café no se cosechaba en polvo.

En cuanto la familia era informada de la movilización para la escuela al campo aparecía una pesada maleta de madera en la cual se introducían cosas tan disímiles e inútiles para el ámbito rural como un frasco con pastillas, una foto familiar, artículos de aseo y un radiecito marca Nocturno. Uno llegaba al punto de recogida con tremenda pinta de Oliver Twist y en cuanto se montaba enla Girón IV y dejaba atrás a los padres con cara de dolor de barriga, enseguida se sentía grande, libre y feliz.

La escuela al campo desempeñó un importante rol en la educación sexual de los adolescentes. Si en ese período uno no aprendía los secretos para conquistar una mujer probablemente desarrollaría después traumas psicológicos incurables asociados al miedo a las mujeres y fama de pasma´o.

El ambiente campestre, la rudeza de las horas de labor, la necesidad de afecto por la lejanía del núcleo familiar, las noches frías y oscuras y las propias trampas que nos hacían las hormonas, eran elementos que confluían para suscitar numerosos encuentros amorosos nocturnos. Dichas relaciones generalmente comenzaban con miradas y recados mediante las amiguitas, después pasaban a las citas ecológicas en campos de maíz o arbustos, escapadas a la presa y al final el rompimiento, el cual se anunciaba por los cláxones de las Girón IV que venían a recoger a los curtidos adolescentes, o sea nosotros.

La escuela al campo ayudó a que varias generaciones conocieran cómo era la vida de nuestros campesinos. desde los que en los 80 desayunaban con malta y almorzaban carne rusa, hasta los que en los 90 amanecíamos con una bola de fongo y nos acostábamos con otra, todos odiábamos tener que levantarnos a las cuatro de la mañana, bañarnos con agua fría, esperar la vista de los padres que parecían nunca llegar los domingos, romper el ventilador Órbita V y dormir con mosquitero.

La escuela al campo, además, sacaba lo más sublime y lo más mezquino de nuestras noveles personalidades en formación. Estaba el chico laborioso valiente, el chivatón-guataca jefe de brigada, la chica sexy que no quería tener novio, la gorda que no iba al campo porque tenía un certificado, el hijito de papá que no podía enfangarse y como en todo grupo, el huraño-perezoso que siempre tenía dolor de estómago porque se comía lo que le mandaban de la casa apurado y escondido.

En cada región de Cuba se hacía una escuela al campo diferente. unos se hundían en el fango hasta la rodilla para sembrar o recoger papas, otros desarrollaban traumas en la cervical recogiendo naranjas y había quienes rodaban loma abajo regando frutos de café porque le tenían miedo a las avispas.

Todo cubano mayor de 20 años tiene anécdotas de estas etapas, sin embargo hace poco escuché una que ha sido la que más me ha gustado:

Había una vez un grupo de adolescentes que estaban de escuela al campo y cierta noche, reunidos en un círculo se dedicaron a narrar historias de horror y misterio. En eso, uno de los más viejos dice que en su casa le enseñaron a invocar a los muertos y que va a llamar al espíritu de uno muy viejo, llamado La taconúa, que puede leer el futuro de la gente. Nadie sabe si por payasería o porque realmente el muchacho era un espiritista consumado, de repente empezó a contorsionarse en el piso y lanzar gritos realmente espeluznantes. Todo el mundo salió corriendo como alma que lleva el diablo, excepto un muchacho, que del susto se hizo caca en los pantalones y a esa hora no encontraba a nadie que le acompañara a ir al baño.

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4 Responses to “La escuela al campo”


  1. Mandy, como siempre, muriéndome de la risa y de la nostalgia con tu post. Yo fui de las puntualitas que no faltó ni a una escuela al campo.

    • JAFES Says:

      Te confieso Gisselle que entre mis problemas en las rodillas y la cervical siempre tuve la oportunidad de “comerme la guásima” pero sabía que con ello dejaba escapar la oportunidad de pescar a una jecita, así que siempre fui a la escuela al campo, pero impulsado por intereses un poco mezquinos jejejejejeje

  2. alejo3399 Says:

    yo estuve en 8vo grado en sierra de cubitas en un lugra lamado navarro, un lugar muy feo con tierra colorada donde en aquel entonces se cosechaba papa. ahí conocí a ramón, un loco que se comía de una vez un jarro de cinco libras de agua de azúcar y una col (repollo) entero; también tenía una colección de botones recogidos del fango, andaba descalzo y sin camisa.

    • JAFES Says:

      ale creo que en todas las escuelas al campo hay un loco, yo también tuve que luchar contra el fango, la tierra roja y las papas y el loco del campamento era uno al que le decía chupi chupi, me imagino que años después sería la musa de osmany garcía, la voz… ronca

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