Una tarde con Daniel Chavarría

4 abril, 2012


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Daniel Chavarría, Premio Nacional de Literatura 2010, recientemente departió con escritores y lectores de Las Tunas, cumpliendo una invitación del Centro Provincial del Libro y la Literatura.

El autor de Príapos, El ojo de Cibeles y Adiós muchachos, entre otras populares novelas, fue el invitado  especial del más reciente Cafetazo, tertulia que convocan los humoristas gráficos de la provincia todos los martes.

Excelente contador de historias impresionantes, irónicas y llenas de humor, el también Premio Casa de las Américas, del año 2000, regaló a los asistentes anécdotas como esta:

Estando en Montevideo, mi tierra natal, cierto día una embajadora me invita a cenar en su casa, donde trabajaba una famosa cocinera. La justificación del encuentro gastronómico era la comida criolla cubana, específicamente el congrís, plato típico del oriente de la isla caribeña.

En aquel entonces yo estaba fascinado con la historia y la cultura cubanas y me entusiasmó mucho el convite.

Después de las formalidades de este tipo de encuentros, me invitan a la mesa, donde nos esperaba, una bandeja de plata, el susodicho congrís. Además de los usuales frijoles negros y arroz, el plato estaba adosado con aceitunas, carnes de diferentes tipos y en abundancia. Un poco apenado me atreví a preguntar si realmente una comida tan glamorosa formaba parte de la dieta básica de los campesinos cubanos, a lo que me respondieron afirmativamente. Crédulo durante largo tiempo, en mis viajes por el continente americano siempre defendí al congrís como el mejor plato de la cocina criolla al sur del río Bravo.

Años después descubriría que aquel plato de la “alta cocina” no tiene mucho que ver con el original congrís oriental cubano.

Viviendo ya en Colombia, donde colaboraba con una de las guerrillas de ese país andino-caribeño, me avisan de pronto que los oficiales del movimiento armado habían comenzado a delatar a sus subordinados. Temí que me fueran a buscar a mi casa, por lo que me escondí en casa de un amigo mientras preparaba la fuga hacia Cuba. Fui al aeropuerto y me encuentro con una avioneta de 11 capacidades que realizaba viajes cortos y medianos. Enseguida me vino a la mente la idea de secuestrar el aparato, por lo que me hice pasar por representante de una firma y compré todos los pasajes disponibles.

Llega el día del viaje y por supuesto que nunca llegó empresario alguno, para no levantar sospechas simulé hablar por teléfono, incluso en inglés, y determinamos pasar a recoger a mis invitados en el avión, por una ciudad cercana. En eso un amigo mío viene y me dice:

– Don Daniel, mi madre se está muriendo y sé que en esa avioneta usted va para Bogotá, yo necesito ir para allá, como si es sentado en el pasillo. Sé que es un hombre bueno y no se me va a negar.

Invité al a hombre a subir mientras pensaba: “Si tu supieras para donde va realmente este avión”.

En fin… ya tenía calculado el momento en que debía desviar el avión, que era al pasar la cordillera occidental de Colombia. Me siento detrás del piloto y llegado el momento lo toco por el hombro. Cuando se vira lo tengo encañonado y le digo: -Para Cuba.

El piloto se vira y me mira y mira la pistolita, calibre 22, criado en barrios violentos de Colombia, levanta la vista y me imagino que debió haber pensado: “¿Con esa mierda es que tú piensas secuestrar el avión?”.

Pero al final el piloto se alegró de salir un poco de aquella rutina de viajes aburridos de ida y vuelta y hasta se animó a conversar con nosotros y regalarnos algunos chocolates para calmarnos los nervios.

Atrás mi amigo, que era mulato, estaba blanco del miedo.

– Don Daniel y qué hago yo ahora… y mi madrecita?

– No se preocupe usted-le digo- que lo voy a llevar al primer territorio Libre de América latina y hasta lo voy a invitar a un congrís.

Aterrizamos en Santiago de Cuba, en el oriente de la isla y después de un interrogatorio, nos alojan en uno de los hoteles del centro de la ciudad. El primer día, en la cena del restaurante, me reencuentro con mis amigos, que comían como a cuatro o cinco mesas de distancia. Llamo a la camarera y le pido que le ponga un congrís a mi amigo y su acompañante, de mi parte.

-¿Solo eso?- me preguntó asombrada la camarera.

-No hace falta más.

Y al rato le llevó el congrís a la mesa.

Días después, cuando me reencuentro con mi amigo, que regresaba junto al piloto a Colombia, comenzamos a narrar nuestras aventuras en Santiago de Cuba.

Que si las mujeres, que si el clima, que si la gente, que si las calles.

– Todo hubiera sido perfecto- me dijo- si no me hubieras mandado el arrocito de mierda aquel al que me invitaste aquella noche en el restaurante. Qué hambre pasé ese día.

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