Mientras empino un papalote (+Video)

5 diciembre, 2011


Cuando yo era un enano si algo bueno tenían los últimos meses del año eran las lluvias mañaneras que me eximían de ir a la escuela, el virus del catarro que me convertía en el centro de atención de la casa y las tardes grises de vientos fuertes, ideales para empinar papalotes. Hacer y empinar un papalote es como contraer varicela, si no lo aprendiste durante los primeros siete años de vida, después es peor. Yo cargo con el estigma de no dominar los rudimentos de la confección de un papalote y tampoco he contraído varicela.

No sé si Freud llegó a estudiar la incidencia del papalote en la formación de la personalidad, pero yo les aseguro que muchos de los que hoy presentan dificultades para comportarse en sociedad, de niño, nunca fueron papaloteros. Hacer un papalote, por ejemplo, te ayuda a desarrollar habilidades que después serán fundamentales cuando seas adulto: aprendes a “inventar” materiales para construirlo, aplicas “técnicas” para armarlos aún cuando no poseas todos los instrumentos y finalmente te acostumbras a empinarlo en cualquier lugar, aún cuando molestes a otro o no sea el sitio más apropiado.

Uno sabe que en determinada zona abundan los papaloteros cuando en los cables de la electricidad y del teléfono pululan los esqueletos de cometas, coroneles y chiringallos (clasificaciones de papalotes de acuerdo a su tamaño y forma). Pasan los meses de viento y la ciudad se llena de estos cadáveres, que de no ser retirados, se convertirían en testigos mudos de tiempos que lamentablemente no volverán. Volar papalotes tiene peligros como estos, además de los derivados de la irresponsabilidad de empinarlos desde azoteas sin protección o dedicarse a las batallas, que es cuando a estos artefactos les colocan cuchillas en las puntas y sus dueños los pasean frenéticamente por el cielo para tumbar al propio Sol si se les atraviesa.

Con cinco o seis años de edad uno a lo más que puede aspirar es a tener un chiringallo, que no es más que una versión a muy pequeña escala de un papalote elaborado con nylon o papel, sin una estructura de varillas, una cola pequeña e incapaz de sostenerse por mucho tiempo en el aire. Ya después que uno hace su propio papalote y lo vuela, entonces puede considerarse “grande”. En esto me parece advertir ciertas prácticas de tribus amerindias y africanas, que envían a sus adolescentes a matar tigres, leones o jaguares, y solo entonces son considerados hombres. ¿Qué pasará cuando se extingan estos animales? En mi caso hacer mi primer papalote fue  casi como vencer a un felino de estos. De hecho, lo confieso, yo no lo hice, mis amigos se compadecieron de mí y me lo hicieron porque tampoco les era beneficioso andar con alguien que a pesar de haber cumplido los diez años, todavía era incapaz de hacer un papalote.

Mi primer papalote fue de varillas de bambú, papel cartucho y en el centro una foto del osito Misha, que recorté de una vieja revista soviética. Quizás por esa razón el papalote no se elevó mucho y cayó con facilidad.

Hoy los videojuegos no han podido quitarle su espacio al papalote y los niños siguen cumpliendo con los mismos rituales de mi añorada infancia. Hay padres que quieren hacer trampa y le compran uno de plástico y fibras sintéticas, que hasta usan pilas. Yo, que nunca aprendí a construir un papalote, no quiero ser uno de esos.

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