Mi serenata con Paul Anka

23 noviembre, 2011


Casi nadie da serenatas hoy en día. Quizás por temor a hacer el ridículo o a que la joven no escuche la descarga musical por estar conectada a Internet, viendo la TV o embobecida con su mp4. La tradición está relacionada con nuestros propios orígenes nacionales y hay un anecdotario popular muy amplio, con historias como esta que hoy les traigo.

Aquella noche, como era costumbre siempre que había una fiesta de quinces en el pueblo, alquilamos una máquina para llegar al salón de baile. Era un Chevrolet del 53 pintado de azul y los casi seis cabíamos en los asientos de atrás, pero el taxista, el único de aquellos lares, nos pidió que mantuviéramos la compostura. A fin de cuentas el alquiler del auto era para recorrer apenas una cuadra. Formaba parte de nuestra “tradición” llegar en un auto a la fiesta y en el camino intercambiar nuestras chaquetas y zapatos, de esa forma parecía que siempre íbamos vestidos de manera diferente.

Ya había caído la noche cuando llegamos. Sonaba el inconfundible Paul Anka que después alternaríamos con un rayado disco de acetato del Benny. Quizás por eso las fiestas terminaban siempre tan temprano. Según mis cálculos luego de tres repeticiones de “Los Quince de Paul Anka” si la “jeva” no cedía no lo haría nunca. Yo acechaba a una princesa que pronto celebraría su fiesta de primaveras, pero que lamentablemente esa noche no parecía estar entre las asistentes.

Se habían mudado hacía poco al pueblo, y vivían cerca de los límites de la ciudad, donde construían el nuevo acueducto. El padre tenía fama de celoso y violento, y ella de bella chica casamentera. A eso de las nueve y treinta convencí a mis amigos de marcharnos de aquella aburrida fiesta de poses para fotos y vino aguado, en la que Paul Anka casi estaba ronco y al benny le dolía la garganta.

Agarramos una guitarra y nos fuimos a hacer lo que cualquier joven de aquella época hubiera hecho para enamorar a una chica, darle una serenata. Ya eran cerca de las diez de la noche cuando llegamos al barrio de la joven. Nos tomó casi 20 minutos cruzar los improvisados puentes que permitían el paso por las calles abiertas por la construcción del acueducto. Se trataba de unas rústicas tablas que se balanceaban y crujían con el paso, por lo que tuvimos que turnarnos para cruzar.

Y comenzamos la serenata, que para variar, consistía en una selección de la selección de Los Quince de Paul Anka, pero en un inglés embadurnado y quejumbroso.

En la primera vuelta del estribillo, la parte de la canción que más me gustaba, se abrió una puerta, pero no salió una princesa a arrojarse en mis brazos, sino un ogro, con un machete en la mano que lanzando alaridos e improperios nos puso a correr a todos despavoridos. Todavía no sé cómo logramos cruzar aquellas zanjas gigantescas de cinco y seis metros de profundidad, pero recordando esta anécdota creo encontrar la causa por la que ya hoy casi nadie da serenatas.

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2 Responses to “Mi serenata con Paul Anka”


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