Hablando del HABLADOR

22 junio, 2011


 

Un viejo oficio gana adeptos y fama entre paisanos y colegas, aunque recientemente puede comprobar que no escapa ni a geografías ni calendarios: se trata del HABLADOR. Algunos me corregirán: “querrás decir el conferencista” (por demás término heredado de la cultura anglófona); pero no quiero referirme al HABLADOR.

El conferencista discursa sobre un tema con una vocación pedagógica, o sea, expone sus conocimientos para que los demás lo entiendan y aprendan. El HABLADOR por su parte, no tiene otro objetivo que el de escucharse y reciclarse a sí mismo, como los inodoros japoneses de nueva generación. El público no es más que un pretexto para su representación y gozo mundano. Y pobres de aquellos ingenuos que caen bajo la sombra de sus palabras.

Decían los griegos, creo, que entre el cerebro y la boca había un órgano especial  que transformaba lo que se pensaba en voz y palabras. El HABLADOR no solo carece de este órgano, tampoco tiene cerebro. Allí donde debió crecer la susodicha masa encefálica hay un escaparate inmenso, en el que se archivan palabras complicadas como palimpsesto, hierático, heurística, vademécum y otras tantas, que pocas veces dicen algo interesante al oyente, pero que causan una impresión de erudición muy eficaz.

Y no importa que en el discurso no sean necesarias estas palabras, lo fundamental es que abunden en frases larguísimas y llenas de retruécanos y referencias culturales elitistas.

Precisamente ese es otro de los recursos del HABLADOR. Menciona hechos, lugares y libros que a veces uno piensa si no los estará inventando. Sobre todo porque se trata de autores que al igual que él son habladores profesionales. De esta forma se promocionan unos a otros… se tiran un cabo; incluso esta práctica llega a tener un valor para la formación vocacional, porque de repente alguien en el auditorio encuentra su veta de habladurías, y cuando todo el mundo piensa que al fin se acabará la conferencia, él encuentra un tema interesante sobre el cual puede opinar.

A pesar de este aparente espíritu gregario, el HABLADOR es un tipo solitario, con complejo de súper héroe devenido enfermo crónico del síndrome del yoyo: YO le dije, YO hice, YO fui, YO soy un bárbaro…

Y es que el HABLADOR piensa (cuando escasamente lo hace) que en sus palabras está la solución a todos los problemas de la Humanidad, los que él ve de una manera muy clara y expone en sus discursos aunque nadie se lo haya pedido.

Estudios recientes que he realizado sobre estos raros personajes me han llevado a detectar todas estas características que les expongo, junto a otras, como su gusto por habitar ambientes académicos y burocráticos; sin embargo es momento de detenerme en mi discurso, porque entonces correría el riesgo de convertirme en un HABLADOR.

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