Historia de un diente

5 abril, 2011


Siendo pequeño me gustaba el olor que tenían los consultorios dentales, que es la manera aristocrática de llamar las clínicas estomatológicas o, como las llamé después, las salas de torturas para los niños que se portan mal.
El primer diente que mudé cayó por su propio peso y de ingenuo lo lancé al techo para que el ratoncito me cumpliera un deseo y me trajera otro más lindo. Aquello fue como mi bautizo de grande y cuando mi boca parecía un piano, por sus teclas negras y blancas, más feliz me exhibía yo entre mis compañeros de aula. Afortunadamente conservo pocas fotos de aquel momento.
Crecí y supe, no sin dolor, que las “seños” lindas que iban a la escuela a revisarnos los dientes, podían convertirse en verdaderos demonios, capaces de recurrir a los instrumentos más sospechosos e inimaginables posibles con tal de arrancar el grito desesperado de niños.
Mi primera visita a la clínica fue todo un suceso. Recuerdo que esperaba, ajeno al infierno que se venía encima, con los pies colgando y molestando a mi mamá con las preguntas insólitas de un niño de ocho años.
Estratégicamente el consultorio tenía una puerta de entrada y otra de salida. Así que mis compañeros de edad no me alertaron de la maldad que había detrás de las puertas verdes de metal al final del pasillo.
Pero los infantes tienen un sexto sentido para esas cosas que quieren hacernos los padres y que ellos nunca hicieron. La risa se transformó en desesperación y luego en llanto cuando ante mí apareció el inmenso salón denominado escuetamente EXTRACCIONES. Parecía una fábrica de gritos y llantos.
Por supuesto que saqué toda mi fuerza interior para escapar de aquel lugar, pero las estomatólogas también reciben clases de artes marciales y me aplicaron una llave que aún hoy me mantiene deformado el brazo izquierdo. Mi mamá y la doctora hablaron de mí como si no existiera y no las pudiera escuchar. Después comenzó el sonido que todos los que han ido al dentista deben recordar y de seguro también les da escalofríos.
Lo último que recuerdo es una aguja como de seis metros que apuntaba hacia mi encía con un líquido azul verdoso que en aquel momento pensé, me iba a derretir el cerebro. Luego una luz.
Desde entonces, cada vez que voy al dentista y veo las caras de los pobres niños que no saben a qué los llevan pienso en la Convención de los Derechos de la Infancia, la cual debe incluir un artículo que diga: Que los dientes de leche de los niños se caigan cuando quieran y ellos solo puedan ser obligados a ir al dentista después de los 16 años.

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