Mi añorado Macondo

2 febrero, 2011


Es un pueblo viejo nuevo, con vocación de ciudad y pinta de abrevadero sahariano. La vida de la gente normal y excéntrica gira alrededor del parque central, que para llamar la atención se dejó acuchillar por la carretera. Por eso las tardes parecen sacadas de una película del oeste, cuando los niños fastidiosos salen a jugar a los pistoleros y los viejos se emborrachan de melancolía.

Este pueblo de personajes tan anónimos como maravillosos quiere nacer de una leyenda india para convertirse en capital olvidada de ningún país. Si fuera una gran ciudad el sol no despertara a los pájaros cada mañana, que en bandada asaltan el cielo cagando todas las calles para celebrar su libertad.

En cada esquina hay señoras chismosas que no dejan robar besos, y  émulos de Hércules que ven pasar la vida mientras esperan otra mejor…que no llega. Hay honestos y ladrones, mudos y mentirosos, poetas y burócratas, vivos y muertos.

Este es el pueblo que algunos no quieren nombrar y que otros se tatúan en la frente. El pueblo que conocí cuando comencé a buscar las direcciones de mis novias de la infancia, y que recordaré en mis viajes sin regreso.

Huracanes, granizas, sequías, epidemias, olvidos, injusticias, accidentes, inundaciones, derrotas, gritos, aplausos, fiestas, borrachos, ruidos, saludos, desfiles, cumpleaños, amaneceres, despedidas, misas, reencuentros, conciertos, amores, locos, homenajes, rutinas, lo hicieron este pueblo que me he inventado.

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