La graciosa e increíble historia de un hidalgo viajero

7 enero, 2011


Hay personas que se distinguen por la ingeniosidad para ver y vivir la vida. Aunque a algunos a veces se les vaya la mano. Resulta que un amigo, más cercano a mi persona de lo que pudiera parecer, en cierta oportunidad decidió trasladarse en tren desde la ciudad de Santiago de Cuba, en el sur oriente de la Isla, hacia Las Tunas, conocida como el Balcón del Oriente, y distante a más de 300 kilómetros por vía férrea.

Quien haya viajado en tren en Cuba alguna vez, sabrá que se trata de toda una aventura, no solo por la experiencia del viaje en sí, sino también por los personajes que uno se encuentra… desde la terminal hasta el propio vagón de pasajeros.

Era una calurosa tarde noche santiaguera. La gente salía del trabajo y colmaba las calles mientras mi amigo se disponía a llegar a la estación de trenes, todavía no tenía pasaje. Por esas extrañas cosas de la vida y el sistema de reservación de Ferrocuba, no quedaban pasajes para Las Tunas, pero sí para Camagüey, por suerte situada 120 kilómetros después. Compró el protagonista de esta historia su pasaje y se dispuso a esperar la salida del tren

A esas instancias el tren comienza a funcionar con un reloj interno, alineado con el meridiano de Greenwich de otro planeta del sistema estelar, como Júpiter o Venus. Así que no importa cuánto usted mire el reloj, él saldrá cuando lo estime conveniente.

Tres horas después de lo anunciado se hizo oficial la salida, lo que no significaba que comenzara el viaje. A esas alturas los chistes del grupo no daban risa y uno no sabía como acomodarse en la silla. Mi amigo, además, tenía más hambre que un mamut acabado de descongelar en Siberia.

Ya en el tren, este comenzó un lento movimiento de desplazamiento en el traquearon todos los tornillos y tuercas del inmenso gusano de hierro, hasta que se rompió la ley de la inercia (y nadie lo metió preso). Después comenzó el avance en medio de la oscuridad de la noche, interrumpida solo por las luces de algún que otro pueblito.

Mi amigo, como era de esperar se quedó dormido. Cuando el tren llegó a Las Tunas, sus compañeros se cansaron de llamarlo, casi atrasan más al pobre tren, pero no hubo respuesta. Familiares y allegados comenzaron una desesperada búsqueda que abarcó gran parte de la madrugada. Ajeno a esta telenovela mi amigo dormía apasiblemente en el sillón 44 con destino a Camagüey. Al despertar sobresaltado preguntó a la ferromoza cuando llegaban a Las Tunas. “Está 60 kilómetros atrás”. Quedó blanco y frío, corrió hacia una ventanilla dispuesto a lanzarse…en fin, formó todo un espectáculo de que nos enteramos después.

Al llegar a Camagüey lo esperaba casi en pleno la dirección de Ferrocarriles (debido a gestiones de su familia que a partir de ese momento lo declaró lisiado mental indefinidamente) quien lo condujo a un sitio seguro y después nuevamente hasta Las Tunas.

Hoy en día, cuando alguien le pregunta por su aventura contesta: “Cada cual llega a Las Tunas como lo de la gana”.

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